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Shakira, mi espiritu capillense

Me entere ayer, un viernes cualquiera en todos estos viernes con esperanzas de findes emocionantes frustrados. Me llegó por un mensaje, un whatapps, como tantos otros comentarios:  "Se murió Shaki, hace como un mes atras".

Nudo en la garganta, incredulidad mezclada con la vocecita interior (te dije que podía ser la última vez que la veía), "si, me confirmó la chica que trabaja en el almacén de la esquina", " se murió de vieja, dice".  Y si, no se cuantos años tenia, pero cuando la conocimos, ya era adulta. 

Hace poco más de diez años, mi papá pudo concretar el sueño de comprar una casita en Capilla.  Toda su vida trató de hacerlo, con el recuerdo del Calabalumba, el Cerro y las vacaciones junto a padres, hermanos, tíos y primos, durante todo el mes de febrero, que llegaban en el coche motor a la estación de trenes junto a sus bártulos.

Lo que no sabíamos es que junto con la casa venía un espíritu jugueton, inquieto y saltarín con forma de perrita petisa de lomo negro, panza blanca y detalles en marrón, que se nos arrimaba cada vez que llgábamos a la casa y no se separaba de nosotros un minuto. Comenzó con mi hija, de unos ocho años en ese entonces, y se hizo querer por todos.  Al tratar de averigúar quienes eran los dueños, una vez eran unos, otra vez estaba viviendo en otra casa.....de donde era Shakira?

Shakira -asi le puso mi hija- era la dueña de la calle Muiño entre Chaco y Tierra del Fuego. Sus dominios eran elásticos, bien sobre el cañadon, la plaza del barrio Las Flores, e incluso, ahora figura en el Google Maps satelital cuando muestra el tradicional almacén de la esquina. Incansable, corria junto a sus amigos perrunos, a los gatos de Don Luna, a la tropilla que pasaba para Casablanca y a cualquiera que no le cayera en gracia. Pero sobre todo, corria cuando su fino olfato la alertaba que llegaba un taxi con cualquiera de nosotros.  Me recuerdo parada en la entrada de la casa, mirando hacia la esquina, silbando y murmurando "Shakii" cuando un bultito petiso se asomaba de cualquier lado y venia a velocidad superperruna, con la orejas levantadas como alas y flameando con la celeridad que le imprimia a su carrera. Si hasta parecía que venía sonriendo!!

Y asi siempre, cuando salíamos a dar una vuelta caminando, nos seguia y nos precedia, custodiaba y alegraba.  La foto de perfil es de una de estas caminatas, junto a la unica visita de mi amiga Cristina.  Estarán juntas ahora. Es cuando el cañadón desemboca en el dique, era epoca de seca. Día perfecto, belleza y amistad. O, si no la podíamos llevar, nos esperaba frente al almacén, y al escuchar el tintineo de las llaves, se avalanzaba hacia nostros, haciendo unas fiestas como si nos viera luego de un siglo. 

Este ultimo verano de 2016 la notamos cambiada.  Ya no saltaba sobre la pirca del frente, hubo que subirla. Ya no insistía en venir a caminar, dormía mucho en su mantita dentro de la cocina o la pieza de la casa. Pero siempre estaba atenta a nuestros movimientos. La llenamos de caricias, de abrazos cuando nos fuimos.  Hasta el último momento, subiendo al remis, se me estrujó el alma y le saqué la foto. Era de noche, se iba el Urquiza, nos teníamos que ir. 

¿Como se habrá ido? ¿Durmiendo? ¿El frío le habrá hecho daño? ¿Tuvo un último abrazo de alguien que la quería? Ojalá que si. Las fotos no son lo único que nos queda de ella.  Guardamos su amor incondicional, su alegría, la seguridad que nos daba cuando estaba en casa, su mirada franca e inteligente. Seguiran marcados por un tiempo en el terreno su caminito entre las plantas y el pasto hollado cuando se tendía al sol.  Pero Capilla ya no será lo mismo cuando podamos volver.  Al silbar ya no veremos su carrera con las orejas al viento, ni sus saltos ni sus sonidos-quejas de recibimiento. Porque Shaki - nuestra Shaki - se convirtió ahora en otro de los espírtus capillenses.  


Article Tags: #Capilla del Monte #amor #perro
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